Hoy opina: Abraham Joshua Heschel


“El judaísmo es una religión del tiempo que aspira a la santificación del tiempo. Contrariamente al hombre con conciencia de espacio para quien el tiempo es invariable, reiterativo, homogéneo, y para quien todas las horas son iguales, indefinidas, cáscaras sin contenido, la Torá tiene conciencia del carácter diversificado del tiempo. No hay dos horas iguales. Cada hora es incomparable y es la única que se da en el momento, exclusiva e infinitamente preciosa.

El judaísmo nos enseña a ajustarnos a la santidad del tiempo, a estar pendientes, a estar pendientes de acontecimientos sacros, a consagrar santuarios que emergen del sublime devenir del año. Los Shabatot son nuestras grandes catedrales, y nuestro Sanctus Sanctorum es un santuario que ni los romanos ni los griegos lograron quemar” […]

“Todos estamos fascinados con el esplendor del espacio, con la grandiosidad de los objetos en el espacio. El "objeto" es una categoría que pesa en nuestras mentes, tiranizando todos nuestros pensamientos. Nuestra imaginación tiende a moldear todos los conceptos a su imagen. En nuestra vida diaria atendemos primero a aquello que los sentidos nos revelan: lo que los ojos perciben, los dedos tocan. Para nosotros, la realidad se traduce en objetos, formados por sustancias que ocupan espacio. Hasta Dios es concebido por muchos de nosotros como un objeto. El resultado de nuestra conciencia de los objetos es nuestra ceguera a toda realidad que de primera intención no se identifica como un objeto. Ello resulta obvio en nuestra comprensión del tiempo, que siendo no cosa e insustancial, se nos aparece como carente de realidad.

"Efectivamente, sabemos qué hacer con el espacio pero no sabemos qué hacer con el tiempo, salvo subordinarlo al espacio. Muchos de nosotros nos afanamos en aras de conseguir cosas materiales. Como resultado, padecemos de un temor del tiempo profundamente enraizado y nos quedamos pasmados cuando nos vemos obligados a mirarlo a la cara. El tiempo es para nosotros un sarcasmo, un monstruo astuto y traicionero con fauces, como un horno que incinera cada momento de nuestras vidas. Retrayéndonos, pues, de afrontar al tiempo, buscamos refugio en los objetos del espacio; las posesiones se transforman en símbolos de nuestras represiones, júbilo o frustraciones. Pero los objetos del espacio no están hechos a prueba de fuego, sólo agregan combustible a las llamas...
Es imposible para el hombre eludir el problema del tiempo. Cuanto más pensamos, más nos damos cuenta: no podemos conquistar el tiempo a través del espacio. Sólo podemos dominar el tiempo en términos de tiempo. La meta más alta de la vida espiritual no es acumular una riqueza de información, sino guarecer momentos sacros. En una experiencia religiosa, por ejemplo, no es un objeto lo que se impone al hombre sino una presencia espiritual. Lo que el alma retiene es el momento del vislumbre interior, más que el lugar donde el acto se produce..."

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