Mientras Montesquieu en su Espíritu de las Leyes nos recuerda que no hay palabra que haya recibido mayor cantidad de significados que “libertad”, Erich Fromm indica que el término impone miedo; pero análogamente sin ella nos sería imposible pensar, investigar, educar o amar. La Pascua Judía lleva también el nombre de Fiesta de la Libertad, ya que el sentido de la conmemoración de la mítica liberación del Egipto bíblico forma parte de un lenguaje que enseña que la libertad es siempre una fiesta. Sin el magnetismo de la libertad no existiría elección, entendiéndola como una puesta a punto desde donde el individuo autónomamente traduce uno de sus ejercicios responsables para no quedar sometido a la esclavitud y la opresión. Y así como libertad y elección son términos relacionales, elección y memoria son conceptos que se amalgaman y se reconocen en un valor futuro, dos caras de la moneda.
Una antigua enseñanza judía de alto significado existencial nos pregunta “de dónde vienes”, “hacia dónde vas” y “ante quién rendirás cuentas”, lo que indica que cada ser humano debe ejercitar la memoria de su origen para comprender su devenir de libertad, asumiendo la responsabilidad de su independencia. Esta simple frase, que encierra toda una cosmovisión, se transforma en una guía indispensable para el ejercicio de cualquier voto, vinculando el “venir” a las promesas electorales, el “ir” a las obras y acciones, y el “rendir cuentas” al destinatario de esas promesas y actos. En un breve artículo, el rabino Michael Lerner sostiene que ante estos conceptos podemos encontrar dos actitudes: la democrática y la demagógica, entendiendo democracia y demagogia como representaciones opuestas. Detengámonos para analizarlas. ¿De dónde venís? Mientras el demócrata prometió el bien común alcanzable, el demagogo jugó con una suerte de fantasías mágicas imposibles de cumplir. ¿Dónde queda el cambio para transformar nuestra sociedad en una más equitativa? ¿Dónde la oportunidad para que los hijos de los que no tienen puedan acceder a la misma educación de los que sí tienen? ¿Dónde el cuidado a los jubilados? ¿Dónde el derecho a reclamar legítimamente sin desembocar en represión y muerte? ¿Hacia dónde vas? Mientras el demócrata sabe que su plataforma política tiene que ser traducida en acciones que apuesten a la vida de todos, el demagogo favorece a algunos y protege impunemente a otros. La impunidad es la base del desmoronamiento moral de una sociedad. Cuando la ética se transforma en manipulación, estamos condenados a la resignación. Y cuando vivimos esa condena, la democracia paga las consecuencias. ¿Ante quién debés rendir cuentas? Mientras el demócrata es conciente que ha sido elegido por el pueblo al cual debe entregarse sin restricciones y con quien debe compartir la adversidad para luchar por una noble transformación, para el demagogo el pueblo es un objeto descartable para llegar al poder. En este año tenemos en nuestras manos el voto, instrumento sagrado resultante de un acto de libertad. Cada elección es una nueva oportunidad para dignificarnos. Ejercer el voto con sensibilidad e inteligencia es nuestra responsabilidad.
Este artículo apareció en el diario Perfil, el pesaj pasado.



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